Besos varios

     Un beso en el cachete para que no se note que me gustás, pero una mano suavemente en la cintura para que tampoco sea un beso cualquiera.

     Un beso en los ojos porque te obliga a cerrarlos, y me liberás entonces de la vergüenza que me genera tu mirada fija.

    Un beso en la nariz. Para que te dé gracia, para que me muestres los dientes y me soples aire tibio.

      Un beso en la comisura. Para ver qué cara ponés. Si te quedás quieto así, perdoname, pero me tomo el atrevimiento de salvar la poca distancia que queda.

   Un beso donde deben caer los besos. Articulado con firmeza. Correspondido: como todos  los buenos besos.

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Tal vez

Tal vez hablar sobre el amor sirva como purga para quien escribe, y nada más. O para hundirse más en la desesperación de saber que la persona por la que escribe jamás leerá ni una de esas líneas y, si las lee, no se reconocerá en ellas y, si lo hace, puede que el tiempo haya convertido las palabras en mentira.

Hay cosas que se van y ya no vuelven. Que nunca volvieron y tampoco lo van a hacer, aunque siga esperándolas. Tu recuerdo es lo único que queda, y el mío de cuando vivía en vez de esperar.

Lobezno

Son las noches con estrellas,

iluminadas, falsa imitación del día

las que más me agradan

porque me dejan verme a mí mismo

cuando me agacho a tomar agua

 

Y así, noche de poesía (poética),

te vas en tan poco tiempo,

la luz del sol asoma entre los árboles.

Luz benévola que aleja la oscuridad

cómo me gustaría poder adorarte

pero las sombras retroceden

y yo con ellas

Y es que las costumbres que uno forja durante años

no se pueden cambiar en una noche.

La Juana

    La Juana pasó caminando por debajo de mi balcón, con sus caderas protuberantes. Yo le silvé y sin detenerse ella giró para dibujar un beso en el aire que me dejó clavado en la silla. La Juana pasaba todos los días a las seis, volviendo del trabajo.

    Mi vecina era, y esto es una opinión compartida, lo mejor que tenía el barrio. Cuando llegaban los turistas en verano y preguntaban qué había para ver en la zona, todos los muchachos respondíamos “La Juana”. Es que la Juana María ocupaba un lugar en los pensamientos antes de dormir, la primera ilusión impalpable de los más chicos, la única que al caminar dejaba a medio pueblo estático mirándola.

    La Juana siempre charlaba conmigo si nos cruzábamos por ahí, pero no valía la pena encararla: ella jugaba con varios pero no se quedaba con ninguno. Tal vez tuviera hombre en otro pueblo. Tal vez prefiriera las chicas. Además, le gustaba que sus amigos lo admiraran por tener relación cercana con ella y aún así no hipnotizarse.

    Si supieran que todos los días me sentaba religiosamente en el balcón solo para verla pasar. Apenas doblaba, me buscaba con la mirada desde la esquina y me sonreía divertida, como si esperara que alguna vez yo estuviera ocupado haciendo otra cosa.

    Nadie sabía de ese encuentro diario, era como un código entre nosotros. Yo apoyaba mis codos en el borde, asomando cabeza y hombros. Le decía cosas que (porque algo de vergüenza me queda) no podría repetir ahora. Ella siempre se reía con esos dientes blancos. Risa voluble. Pasaba hasta su casa, una puertita verde de chapa en la vereda de enfrente.

    Una vez pasó, con un vestido blanco que le resaltaba lo moreno, y nuestro intercambio fue como siempre. Pero al seguir su cuerpo con la mirada vi que el hermano la estaba aguardando. Un gesto mínimo e involuntario de su boca fue suficiente para entender. Había escuchado todo. Y me iba a cagar a trompadas apenas pudiera agarrarme. Ese pibe era un sacado, medio alcohólico y enfermo de celos, varios años más grande que yo.

    Al otro día, encaré firme para la plaza cuando lo vi ahí con los amigos. A esas cosas no hay cómo escaparle, así que mejor si suceden rápido. Peor dejarlo que me encuentre él solo en medio de los árboles, porque es tan bestia que a lo mejor te mata a golpes y te deja tirado. Le dijo a los amigos que me agarraran. Se ve que estaba de buen humor porque consideró que romperme el labio de un puñetazo era suficiente. Me fui al balcón, ya eran casi las seis.

    Cuando la Juana pasó me vio justo con el trapo en la cara presionándome la boca para que parara de sangrar. Me preguntó si eso me lo había hecho su hermano mas no esperó respuesta y agregó que la próxima mejor hiciera algo de verdad para que no me pegaran solo por hablar. Qué le podía responder a la Juana, me había dejado perplejo. Ella se fue nomás, sin darme tiempo a hablar tampoco. Qué carácter, si  por algo llamaba la atención esa chica.

    La noche entera pensé, con la cara hinchada y un fondo musical de grillos, qué hacer con el hermano de la Juana.

    La tarde que siguió, sin ninguna solución a ese tema, la esperé en la calle en vez del balcón. Cuando ella dobló la esquina no sonrió al verme. Avanzó por mi vereda. Cuando llegó a mi altura la agarré de la mano sin mirarla y seguí caminando con ella hasta su puerta. Le dije que se pusiera algo cómodo porque en media hora la buscaba para que diéramos una vuelta en moto. La Juana se me rió en la cara. Me dio la espalda en la cara. Me cerró la puerta en la cara. Pero no dijo que no.

    Cuestión que nunca supe qué le iba a decir al hermano, aunque ahora ya hace un año que estamos saliendo, así que él, seguido por todos los otros pibes del pueblo, y de todos los pueblos, se pueden ir a la mierda.

Decile a tu amor que no tenés miedo

Decile a tu amor que no tenés miedo

de besarla en la boca

cuando se quedan solas.

¿Por qué no caminarías

de la mano con ella

como haría cualquiera?

Lo que te griten por la calle

linda, no lo escuches, porque si es insulto

nunca puede ser eso la verdad.

¡Si te vieran tus padres!

¡¿Qué van a pensar?!

Caminando tan feliz

¡Con una mujer!

  Eso escribí en mi banco de la facultad, una mañana, durante la clase más desmotivadora de mi vida. Siempre dibujaba los bancos; mi mente seguía la clase, pero un sector de mis neuronas se desconectaba de su circuito habitual y se encargaba solo de deslizar mi mano disimuladamente por la mesa. Aunque ese día se rebelaron, y tracé palabras en vez de planetas con anillos o palmeras.

    Al final de la hora de literatura inglesa, abandoné mi creación como otras veces. No tiene sentido ahora que cuente lo que pasó a la tarde, todo digno del olvido.

     La mañana siguiente, desparramé los cuadernillos sobre la mesa al llegar. Mi amiga, que se acababa de sentar en su silla, los corrió para un costado y puso el índice arriba de tres palabras, en lápiz, con letra tosca:

Pero sí tengo miedo 

     Estaban justo debajo de mi pequeño poema. Me quedé mirándolas un rato, pensando cómo iba a contestar. La chica del dedo índice (Tania) me dijo que la situación parecía de película. La única respuesta que se me ocurrió (tan escueta que parecía estúpida) fue:

¿Por qué?

     Pasó una semana antes de ver nuevas líneas en esa letra que parecía escrita con la mano inhábil. Yo había tenido miedo de que alguien cambiara el banco de lugar y se cortara la comunicación. Supongo que lo hubiera buscado para traerlo de vuelta a ese lugar, tan fuerte tira la curiosidad en mí.

Porque ella no sabe que es mi amor

      Tardé dos días en responderle, que ella sufriera un poco la ansiedad también (obvio que en mi mente ya daba por supuesto el sexo femenino de mi interlocutor). Mi siguiente mensaje:

¿Por qué no le decís? ¿Hay otra salida?

    Esa tarde algún estudiante desgraciado cambió la mesa de lugar. Me decepcionó apoyarme en la madera blanca, impoluta, de otro banco. Le comenté a Tania la tragedia. Me respondió «si la chica es inteligente, va a encontrar la forma de hablarte».

     Con un suspiro me levanté, porque me fuera a contestar o no yo necesitaba ir al baño igual. De los tres inodoros, dos estaban rotos desde hacía meses, así que entré al cubículo de la derecha. Cerré la puerta con un poco de asco. Mientras me desabrochaba la hebilla del cinto, paseaba la vista por la puerta del baño: puto el que lee, #abortolegalya, Camila 25/6/14, lingüística me tiene de hija, anarquía social abajo el gobierno. Cuando llegué a la frase siguiente mis manos se frenaron, esa era nueva:

Decirlo da miedo cuando tu amor es tu amiga de la facu

    Terminé de hacer pis, me subí los pantalones, me abroché el cinto, bajé la tapa del inodoro, me paré encima y me asomé por arriba de la puerta. No había nadie cerca, tal vez, pensé, hubiera alguien vigilando el baño para asegurarse de que me llegara el mensaje. Pero no. Ya estaba flasheando. Entonces me bajé y me senté en la tapa. Quería pensar ahí, en la escena del crimen. Volví a revisar la puerta, buscando algo más, no sé qué, quizá algún @ perdido que me sugiriera un perfil de instagram. Tampoco. No había más que esas palabras con caligrafía torpe. Mi mente iba tan rápido que cuesta contarlo ahora, por lo que hago una lista de carácter ilustrativo:

Hipótesis:

  1. Era una persona que no conocía, hablándome de su amor (a quien tampoco conocía).
  2. Conozco a las dos personas pero la historia no me involucra.

      Tres: alguien se me estaba declarando.

Sub-hipótesis de la hipótesis 3:

  1. Era uno de mi grupo (compuesto por dos chicos heterosexuales, Tania lesbiana y yo).
  2. No era de mi grupo cercano, pero sí de las personas con las que conversaba en el salón: unas seis o siete personas de sexualidad verificable en las redes sociales (en caso de ser necesario).
  3. Era alguien con quien no hablaba, pero éramos “amigos” en el grupo de facebook que usábamos para algunas materias.

     En este punto decidí arrancar con la opción más peligrosa. Grupo A, perfiles a continuación:

– Mariano: tipo lindo, bastante creído. Siempre estaba saliendo con alguna. Ese encaraba de primera, aunque supiera que tenía las de perder (ya lo había hecho conmigo). Descartado.

– Augusto: era más tímido. Tal vez podría declararse de esa forma. Pero tenía novia desde hacía muy poco tiempo. No me lo imaginaba atrás de otra piba, con la cara de boludo que ponía cuando la nombraba a su chica.

– Tania: ahí mis razonamientos se empezaron a trabar un poco. Lesbiana. Soltera. Había salido con varias chicas pero ninguna le había gustado mucho. Era muy extrovertida; yo le admiraba su descaro para hablarle a cualquier mujer y sacarle un número de teléfono.

    Aunque también era, no hay una palabra justa para eso, muy soñadora, o muy literaria, no sé. Le gustaba hacer cosas que el resto no haría, y eso encajaba… ¿ocupado?

     ¿Eh? Ah, sí, ya salgo. Tiré la cadena y abrí la puerta. Era una profesora la que estaba esperando para entrar. La saludé mientras pensaba adónde podía esconderme un rato. No quería ir al salón otra vez hasta no aclararme las cosas: si era alguien de mi curso que me estaba encarando, me iba a mirar y yo tenía que entrar con una actitud definida, que todavía no había definido.

    Entonces me fui a la calle, di la vuelta a la esquina y me senté en el hueco de un portón. Traté de retomar el pensamiento… que… ah, Tania era capaz de hacer algo así. Ahora veía en mi mente dos ideas claras: una era la primera hipótesis, la razonable idea de que yo con esa telenovela brasilera no tenía nada que ver. Alguien aburrido en una materia encontraba más interesante responderle a x persona. Mas un día dejaría de escribirle como si nada. Y punto.

    La otra idea era, sin embargo, la que pujaba más fuerte. Sigilosamente, había ido desplazando a las otras opciones. Que mi amiga se hubiera enamorado de mí.

      Acomodé la espalda mejor contra el hierro del portón y cerré los ojos. Con Tania nos habíamos conocido dos años antes. Para ese momento yo ya sabía qué tipo de persona me atraía, ella ni siquiera se había percatado de que existía un closet y de que estaba adentro. Desde las primeras charlas percibí su aura multicolor, pero tuve que esperar muchos meses hasta que ella misma lo fuera aceptando. En el mientras tanto, nos hicimos amigas. Un mechón de pelo se me cruzaba por la cara y me desconcentraba porque me hacía cosquillas. Me lo metí atrás de la oreja; apoyé los codos en las rodillas.

    Tania. Un metro setenta, pelo castaño, ojos verdes, piel tostada, tetas chicas, ni un granito, cola tamaño promedio, se le marcaban las venas en las manos. Perfecta nariz recta. Si me la cruzara en un boliche… sí, la invitaría a tomar algo. ¿Chaparía bien? Dientes parejos, boca carnosa. Nunca le vi la lengua. Más alta que yo, se agacharía un poco supongo. O yo me pondría… ruido de llaves.

     Me levanté como si me hubiera pinchado el culo y me hice la que estaba mirando el celular. Por suerte el señor había abierto el picaporte de espalda; estaba sacando una viga grande de madera. Aproveché para mirar la hora: diez minutos tarde. Y teníamos parcial esa clase.

     Encaré para el salón consciente de los 150 metros y dos tramos de escaleras que tenía para decidir. Algo debía tener en claro para cuando abriera la puerta y dijera buen día al profesor.

    Ochenta metros. Los profesores nunca se gastaban en saludar cuando ellos llegaban tarde.

     Setenta metros. ¿Y si al final no era Tania la que había escrito la misiva?

     Sesenta metros. T.a.n.i.a. Ta-nia. ¿Qué significaba su nombre?

     Escaleras. Pelo castaño, ojos verdes.

     Cuarenta metros. Me iba a ir mal en el examen.

     Veinte metros. ¿Estaba despeinada? Me acomodé rápido el pelo.

    Puerta. Pausa. Abrí. Buen día. Cuando la miré, sentí que sus ojos me habían estado aguardando. Ninguna de las dos parpadeamos. Avancé por la hilera entre los bancos y, después de pasarle por atrás tratando de no empujarle la silla con el cuerpo, me senté.

     Estuve inquieta todo el parcial. Yo nunca… bah, no sé… digo: nunca me permití gustar de ella. Al principio porque no era gay declarada y para qué emperrarte con alguien que nunca te va a poder corresponder. Y después, ya éramos amigas, entonces tampoco la miraba.

     ¿O sí?

    Milagrosamente, el profesor de la cátedra siguiente faltó, así que nos fuimos temprano. Tania nos avisó que se iba apurada para llevar algo a la casa de alguien. Me dio miedo hacer contacto visual, y cuando levanté la vista ya se había ido. Saludé a los chicos con cara de póker y me retiré.

     Todo el trayecto hasta mi casa hubo un borboteo incesante en mi cabeza. Preguntas y sensaciones, que creía nuevas pero cada vez me daba más cuenta de que eran todo lo contrario. A las cinco de la tarde revisé whatsapp, otra vez. Teníamos cuatro grupos en común y en ninguno se había hablado nada. Ni una carita. A las seis no aguanté y le hablé por el chat privado. No era inusual que le escribiera, tampoco que la invitara a comer esa noche. Como yo vivía sola, muchas veces se quedaba a dormir conmigo.

    Me contestó que sí. No podría llegar antes de las nueve. Habló seria, con pocas palabras, a lo cual respondí con menos caracteres aún.

     Las horas que faltaban se me hicieron muy largas. Cuando me hube bañado ya no sabía qué hacer. Ordené mis libros alfabéticamente para distraerme. Estaba justo guardando los últimos y sonó el timbre. Los metí apurada en el estante. Fui caminando lento hasta la puerta: los pasos se escuchaban desde afuera. El corazón me iba más rápido que los pies. Tu-túm. Agarré las llaves. Tu-túm. Metí una en la cerradura. Tu-túm. Tu-túm. Abrí y Tania no pronunció palabra. Tu-túm. Tu-túm. Ella pasó pero yo no le había dejado mucho espacio. Tu-túm. Tu-túm. Tuvo que avanzar más para que yo pudiera cerrar. Tu-túm. Tu-túm. Pero seguí sin moverme. Tu-túm. Diez centímetros de separación. Tu-túm. Me miró a los ojos. Tu-túm. Me miró la boca. Tu-túm. Me agarró la cara. Tu-túm. Con las dos manos. Tu-túm. Salvó. Tu-túm. La. Tu-Túm. Distancia.